Tras retirar falsos techos, aparecieron vigas y una moldura corrida. En lugar de demoler, alineamos puertas y abrimos una conexión sutil entre sala y cocina con vitral recuperado. Los suelos hidráulicos guían la circulación y la isla móvil permite reuniones sin ruido técnico. Interruptores de porcelana, lámparas opalinas y griferías clásicas completan un conjunto sereno. La propietaria dice que ahora la casa huele a pan y domingo, incluso entre semana.
La humedad ascendía implacable. Respetamos la cal, ventilamos el zócalo, y concentramos baños junto a un patio para facilitar instalaciones y secado. Se recuperaron puertas altas con cuarterones, y se añadió una cocina abierta con alacenas de madera local. Un banco corrido junto a la ventana transformó las tardes. El resultado es una vida que mira al cielo entre limoneros, mientras la tecnología trabaja silenciosa debajo del suelo.
El reto fue integrar domótica, proyector y sonido sin arruinar cornisas geométricas. Ocultamos persianas motorizadas tras molduras reproducidas con fidelidad y guiamos cables por zócalos técnicos lacados. Luminarias de latón con LED cálido y tiradores facetados devuelven brillo contenido. La climatización se resolvió con conductos mínimos y retorno oculto. Hoy, con un toque, la escena cambia, pero el espacio sigue saludando como en 1935, sin alardes ni estridencias tecnológicas.
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